La guerra perpetua: ¿otro acierto de George Orwell?





¿Somos incapaces de poner fin las guerras en el siglo XXI?



La primera noción de la paz perpetua nació en la Ilustración. Aunque su concepción no se debe a Immanuel Kant, quien con su ensayo "Sobre la Paz Perpetua" la hizo más popular, posiblemente este filósofo haya sido quien más contribuyó a la idea de una paz universal forzada por instrumentos jurídicos internacionales.


Sin embargo, estamos en una era que en buena medida ha vuelto la espalda a la Ilustración. Tal vez se trató de una luminaria en un mar de oscuridad, o tal vez este tiempo oscuro sea resultado del cuestionamiento de los ideales de aquella época, para gestar el nacimiento de otros más elevados. Pero no parece el caso. Sea como fuere, aunque disponemos de los instrumentos jurídicos para aplicar la paz perpetua de Kant, algo ha fallado en la aplicación de los mismos.





La guerra, en este sentido, no podría hoy alejarse más de la concepción del filósofo ilustrado de Königsberg. Si bien la confederación de los pueblos de Europa ha llevado a la paz entre ellos, estamos muy lejos de una "paz perpetua" y más cerca de lo contrario: parece semejarse a la concepción de la guerra en la obra de George Orwell " 1984".


Para Orwell, la guerra moderna es la guerra perpetua. Esa guerra no va a ser total en el sentido de que no tiene por objeto la destrucción del enemigo de forma definitiva o al menos duradera, si no que será una suerte de rapiña a gran escala por los recursos que las potencias carecen: recursos humanos y naturales. Esa guerra, no obstante, es objeto de propaganda oficial para mostrarla como una cruzada ideológica por la paz. Por eso, en la Oceania de Orwell quien se ocupa de la guerra es el Ministerio de la Paz.


Lo que debería preocuparnos, no obstante, es el desinterés y creciente incapacidad de los Estados para poner fin a los conflictos bélicos. Un reciente artículo del observatorio de derechos humanos Fair Observer pone su atención sobre este tema: ¿y si ya no somos capaces de poner fin a las guerras?


Las razones para que esto esté ocurriendo están fuertemente correlacionadas. Por una parte, los Estados son más débiles por su vaciamiento de poder gracias al neoliberalisno. Por otra parte, las grandes corporaciones incentivan estos conflictos como forma de abaratar costos en materias primas, crear oportunidades de negocio (la venta de armamento es la más directa, pero está muy lejos de ser la única). Además, también apunta el artículo a crecientes arsenales en manos civiles, lo cual fomenta un debilitamiento de la concepción del Estado como poseedor del monopolio de la fuerza. En la actualidad, la diferenciación entre una sociedad civil y una paramilitar es cada vez más delgada en aquellos lugares donde el Estado no ejerce un fuerte control sobre el acceso al armamento.


Sin embargo, no se trata simplemente de un cambio estructural en la morfología de los factores que contribuyen a la erupción de conflictos bélicos, sino a la mera concepción de los mismos. Antes de la Guerra Fría, los conflictos bélicos tenían objetivos limitados en espectro: el III Reich invadió Europa por la necesidad de un pretendido "espacio vital" para una creciente población alemana. Japón atacó al Imperio Británico en Indonesia y a China por la necesidad de petróleo y territorios para crear cultivos para su creciente población. Incluso la guerra de Irak puede verse en esos términos, aunque sería un enfoque limitado. Por otra parte, no menor es la creciente limitación de soberanía de los Estados en su propio dominio: debido a la complejidad de las estructuras sociales, el conflicto interno se mezcla fácilmente con el conflicto externo: es el caso de Siria, que es a la vez escenario de un conflicto bélico interno (la guerra civil entre sirios rebeldes y el régimen) y externo (la guerra de Occidente contra terroristas islámicos, de Rusia por mantener la supremacía regional e incluso parte de otro conflicto interno en Turquía, que se ha extendido a Siria). Difícilmente puede haber una paz, cuando diferentes actores usan un mismo escenario de forma descoordinada. Ninguno tiene incentivos a negociar, pues formalmente no se halla en guerra con la mayor parte de los contendientes, si bien sus acciones tienen repercusión mutua incentivando que la lucha siga.


En el siglo XXI, la guerra ha cambiado la concepción de una perspectiva limitada en el tiempo a una holística, en la cual el conflicto constituye un fin en si mismo. La "Guerra contra el Terrorismo" iniciada por EEUU y sus aliados en 2001 tiene esa característica. Esa guerra nunca va a terminar porque se convierte en la causa misma de su existencia. Recientemente, el presidente de EEUU Barack Obama ponía énfasis en la necesidad del cierre de la prisión de Guantánamo, usada para encerrar a terroristas por ser de hecho un motivo de aliento propagandístico para atentar contra EEUU. La guerra creó el instrumento que luego fomenta la causa del inicio de la propia guerra. Asimismo, la yihad islámica nunca terminará, porque cuanto más intensa se vuelve, mayor es el odio del resto del mundo contra quienes practican el Islam. En este caso, también la guerra crea el instrumento que fustiga su propia génesis en un ciclo sin final.


Con creciente frecuencia, concluye el artículo de Fair Observer, veremos como los conflictos bélicos actuales se extienden en el tiempo como antaño: la guerra de los Cien Años tuvo fases de enfriamiento, pero pasó más de un siglo antes de tener un cierre definitivo. Lo mismo probablemente ocurra en Irak, Corea o Sudán, por poner algunos ejemplos. De los veintidos conflictos bélicos en el mundo actual, casi la mitad (diez de ellos), tienen más de veinte años de antigüedad. La práctica totalidad tiene más de diez años.


Por todo esto, estamos en un mundo en el cual las guerras serán cada vez más largas, aunque quizá no tengan la intensidad del siglo XX, sí tendrán un alcance y complejidad de resolución cada vez mayor si no damos a los Estados los instrumentos democráticos necesarios tanto para ponerles fin, como para evitar su génesis.